SOLO ES SEXO

 

Comisariado por Javier Diáz Guardiola

Del 31 de Marzo al 20 de mayo de 2016



Fernando Bayona – Alejandro Bombín – Juan Francisco Casas – Patricio Cassinoni – Javier Conde/ Mister Simplemente – Ismael DeLarge – Verónica Ruth Frías – Germán Gómez – Edurne Herrán – Juan Carlos Martínez – Paco y Manolo – Diego de los Reyes – Santi Ruiz – Mar Sáez – Fede Sposato – Anthony Stark.


Texto

Todos los artistas de esta exposición
han mantenido relaciones con su comisario

Lo conseguí. Ya acaparé su atención. Logré que saltaran del título de este texto y se introdujeran en su contenido. Como periodista, sé mejor que nadie que nada como un titular que contenga la palabra “sexo” para que esa noticia se convierta en un viral en internet. Y tienen razón: éste, no la contiene. Pero ustedes la dieron por implícita. Yo me refería a relaciones afectivas, profesionales, de calado intelectual… Pero más de uno dio por hecho que las mismas eran de naturaleza sexual. Sexo, sexo, sexo. Dicen que el dinero hace girar el mundo, pero no es cierto. Es el sexo lo que le hace moverse. Aunque si hay dinerillo de por medio, este gira mucho más rápido, qué duda cabe.

Pues bien, Sólo es sexo, la muestra que nos ocupa, es la selección de trabajos de un grupo de jóvenes creadores que hacen una lectura de la expresión que le da nombre en una doble dirección. De un lado, quitándole hierro a actitudes e imágenes que -no lo negamos- están relacionadas con lo sexual, pero sin que su intencionalidad trascienda mucho más allá de su propia naturaleza. No son más que sexo. Ni más, ni menos. Pero del otro, además, denunciando todas aquellas miradas y comportamientos que reducen al ser humano únicamente a su condición sexual o de género, negándole cualquier tipo de potencialidad, de capacidad para sorprendernos o para superarse. Son esos casos en los que, detrás de la persona, no vemos más que sus genitales o sus gustos en la cama.

Comenzamos el recorrido por los lienzos de Alejandro Bombín (Madrid, 1985) que ilustra como nadie la imagen distorsionada que genera en la cabeza de muchos todo lo que tenga que ver con la sexualidad y su ejercicio.

Hablar de sexo es hacerlo también de pornografía. Un asunto siempre peliagudo. De ello se ocupan en la siguiente sala Anthony Stark (Alicante, 1980) y Fernando Bayona (Linares, Jaén, 1980). El primero, desde la pintura (también es posible erotizar al espectador desde los pigmentos y los pinceles); el segundo, desde la fotografía.

Participan en esta presentación de artistas jóvenes que ilustran estas divagaciones sobre lo sexual algunos de los creadores que forman parte de la galería en la que se exhibe. Es el caso de Juan Francisco Casas (La Carolina, Jaén, 1976) y Juan Carlos Martínez (Campanario, Badajoz, 1978). Casas que disfruta además de una individual en la planta inferior, representa el hedonismo, la carnalidad, el juego y el disfrute. El deseo sin ataduras. Por su lado, Martínez recupera la mirada del voyeur y la serie fotográfica que lo dio a conocer
–Subfilum Spermopsida– y que ha seguido desarrollando en el tiempo.

No hace falta mencionar cómo las nuevas tecnologías han influido en nuestra forma de socializar y relacionarnos. También en el plano sexual. Tres artistas lo analizan desde ámbitos diferentes. Entre ellos, el argentino Federico Sposato (Mar del Plata, 1984), que ya mercantilizó su anatomía en uno de sus proyectos más redondos, Payxpiel. Las fotografías de The JLB (Justice Ligue of Badoo), basadas en las aplicaciones para ligar (entornos en los que el cuerpo se cosifica brutalmente), se basan en las observaciones del artista, que constata que, aunque ellas proporcionan nuevas alternativas para generar múltiples identidades de género y romper con la masculinidad clásica (en este tipo de aplicaciones, el anonimato ampara a sus usuarios, y no es extraño que los mismos se oculten tras, cuanto menos, curiosos nicks), el hombre heterosexual se aferra a viejos patrones plagados de restricciones. Lo que su autor inicia es una compilación de los datos personales introducidos por los usuarios en estas plataformas de encuentros para traducirlos a unas supuestas “superhabilidades”, por ser asumidos como los más adecuados y válidos para utilizar como reclamo para obtener una cita o relación sexual. Con está descripción realiza posteriormente una modificación digital en las fotografías de los perfiles y los transforma en nuevos modelos de héroe acordes con las necesidades de la esfera 2.0., tan rancia y encorsetada como la real.
No sale tampoco muy bien parado el hombre homosexual en este tipo de aplicaciones. Santi Ruiz (Santander, 1979) comprueba cómo muchos de ellos se definen como “masculinos”, de forma que, para venderse bien, apelan a características que los acercan a los cánones heterosexuales (son rudos, agresivos, fuertes y musculados), mientras éstos, para conseguir acercarse a una mujer, se ven obligados a mostrar sus armas de seducción más sensibles y tiernas. Su aportación a esta muestra es 100% masculino, una falsa aplicación para teléfono móvil en la que su autor construye su propia noción de “masculinidad” a partir de la apropiación de numerosos perfiles reales, que Ruiz imita y reproduce con la intención de reflexionar sobre las convenciones atribuidas al género. De igual forma, algunas de las fotografías de su serie Intimidad salpican (nunca mejor dicho) el recorrido y visibilizan la trasformación del individuo en su consecución del orgasmo, por ser este momento íntimo el único en el que el individuo no puede controlar sus emociones, tal y como la sociedad le exige en muchas ocasiones. Finalmente, Edurne Herrán (Baviera, Alemania, 1978
), electrocortocircuita las redes contraponiendo sus asepsias digitales a fórmulas tradicionales como el bordado de punto de cruz (y, de paso, utilizar un trabajo tradicionalmente asociado a la mujer para reafirmarse y plantar cara a los estereotipos). Sus aportaciones de la serie Love me Tinder, Love me True destacan el gusto de esta creadora por el error, convirtiendo las faltas de ortografía en las aplicaciones sexuales y chats en pequeños monumentos dignos de ser subrayados y enmarcados (“Kiero hechar” un polvo “n” “moncloa”). Por otro lado, los emoticonos usados para comunicarnos pictográficamente desde los dispositivos móviles se transforman en gramática para practicar “sexting” (sexo en redes sociales), al ser bordados a mano en la serie Emoji-sexting, lo que da pie a la sistematización del vocabulario loco utilizado por nuestros adolescentes (y no tan adolescentes), con su correlato con diferentes parafilias, que tampoco se libran de su traducción en este cruce de lenguajes y técnicas.
Tras el atracón de imágenes explícitas, Mister Simplemente (pseudónimo actual del dibujante Javier Conde) nos seduce y erotiza a través del lenguaje. En su mural se entremezclan juegos de conceptos que demuestran que pocas palabras valen mucho más que mil imágenes: “Hacer tilinder”, “Si no sabes torear, pa que te Meetic”, “Porqueeria” o “swaggermente bé sá mé” se convierten en eslóganes que conviven perfectamente con esos otros chispazos en los que los términos se reconstruyen dando lugar a nuevos anagramas sexuales o aquellos otros en los que acaban visualizados a través de toda una línea de juegos del lenguaje (“Chorra das”, “Cum Laude”, “Bu Cake”…). Imposible apartar la mirada.
Una última sala, antes de atravesar la segunda parte en la que se articula el recorrido, funciona a modo de gabinete con los trabajos de Diego de los Reyes y Patricio Cassinoni. En ambos casos hablamos de la apariencia externa, de la vestimenta, de cómo la ropa marca nuestra identidad y se transforma en arma “de seducción” masiva. Las acuarelas inéditas del primero llevan por título Investidos. En ellas, y parafraseando al Jesús Oliva de El desaliento del guerrero, De los Reyes (Sevilla, 1977) ejemplifica cómo los hombres adquieren su identidad masculina alienando sus propios cuerpos y dominando los de otros, mientras que parte de su hegemonía no se logró por la fuerza, sino asociada a ciertos atributos vinculados a determinados colectivos. Y ahí entran en juego los uniformes en su serie inédita “Investidos” (2016): policías, deportistas, trajeados… Lo que su autor quiere poner en valor es el peso de la vestimenta como generador de jerarquías: al igual que un boxeador gana un cinturón dorado o un nadador una medalla de oro, los uniformes ganan sus propios galones, aumentando la posición social del que lo lleva. Su lenguaje para comunicar posición frente a otros es evidente, mientras remarca la pertenencia a un grupo y se establecen como fundamentales para estructurar una masculinidad hegemónica, incluso entre los “disfrazados” pandilleros de barrio. En un ejercicio opuesto, el argentino Cassinoni (Buenos Aires, 1975), nos obliga a despojarnos del “hábito” que hace al monje. Only One es un work in progress ya desarrollado en Dublín y en Barcelona, y que gracias a esta muestra se continuará en Madrid, en el que el fotógrafo nos invita a retratarnos con nuestra prenda favorita. Solo ésa. Ello supone desnudarse ante la cámara, arriesgarse en la elección, elegir cómo nos exponemos en función de una decisión. El conjunto final constata incluso las diferencias culturales y supone una nueva aproximación a un género tan antiguo en el arte como es el del retrato, afrontándolo desde una nueva perspectiva.
Por la fotografía documental apostamos aquí de la mano de Mar Sáez (Murcia, 1983). Ella lleva documentando desde hace cuatro años a la pareja conformada por Vera y Victoria, nombre de las dos mujeres que dan título a su serie. Este trabajo expresa mejor que ningún otro la tendencia reduccionista que tenemos demasiado por costumbre de poner etiquetas. Porque Vera es transexual, sí. Pero también vegetariana y estudiante de Filología Clásica, amante de los animales, y posiblemente testaruda. Y Victoria, a parte de bisexual, es una mujer joven, inteligente, orgullosa de su pareja. Cada nuevo encuentro con la fotógrafa da pie a una página del diario en imágenes en el que se ha convertido Vera y Victoria, en el que surgen renovados matices de la riqueza de una relación como la suya. Ni mejor, ni peor que las demás.
La siguiente sala viene marcada por la negación. De un lado, la que enuncia alto y claro Verónica Ruth Frías (Córdoba, 1978). La actitud de Ana Mendieta, que se fotografió con la perilla cubierta con recortes de pelo de su marido –el también artista Carl André– y el sonoro “no” que parece ser fue lo último que llegó a articular mientras se suicidaba, inspiran aquí a la creadora andaluza para denunciar la dificultad añadida de la mujer para ser reconocida en cualquier sector profesional. En un convocatoria por redes sociales, Frías hizo un llamamiento a féminas del mundo del arte para fotografiarse con una falsa barba, en un intento de subrayar que si una mujer no cuenta con los atributos propios del hombre no podrá medrar tampoco en este campo. La creadora fue respondida de forma masiva por más de 290 compañeras, algunas de las cuales formaron parte del Proyecto ABC Cultural homónimo, que también se presentó en el festival Saltillo Contemporary de México. Los rostros de, entre otras, Irene Cruz, Lola Guerrera, Alejandra Franch o María Cañas, rodeando un imponente “NO” como el de Santiago Sierra (a Frías le gusta apropiarse de obras de artistas hombres para darles una lectura personal), ahora sobre fondo rosa, proclama visualmente la idea de que seguimos viviendo en una sociedad patriarcal. A su lado, una cama con una colcha en la que fue bordada la frase popularizada por Frida Kahlo “Mira que si te quise fue por tu pelo; ahora que estás pelona, ya no te quiero”, base de una performance de la andaluza en la que varias mujeres homenajeaban a todas las asesinadas hasta esa fecha como consecuencia de la violencia machista cortándole el pelo. Un nuevo vídeo muestra la pantalla de un ordenador en el que desde Youtube se lleva a cabo la búsqueda de vídeos en los que mujeres son agredidas y se les rapa la melena, “castigo” por haber sido supuestamente infieles.
Justo en frente, y compartiendo espacio, los retratos fotográficos de Paco y Manolo, pareja de artistas que llevan años tratando de llevar la complejidad psicológica de sus modelos a la obra final, empleando el cuerpo como campo de batalla en el que se dirimen los deseos y frustraciones del individuo, en diálogo con su entorno personal o con la naturaleza. Y aunque estamos más que acostumbrados a que los sujetos que se pongan delante de su cámara sean masculinos, nuestros protagonistas han desarrollado un proyecto paralelo centrado en la mujer que en pocas ocasiones se ha mostrado públicamente. Los artistas, más que nadie, han sufrido la etiqueta de “fotógrafos gays”, y generalmente por este tipo de producción han sido demandados en galerías y espacios de exhibición, cuando sus retratos femeninos exhalan la misma frescura, espíritu canalla y carácter combativo que el de sus homólogos masculinos. A ello se une la dificultad (otro no) de los artistas para encontrar en ocasiones modelos femeninos. Sea ésta una buena excusa para presentarlos de manera amplia en el conjunto que llevará por nombre “Secret Garden”. Y junto a una pieza más de Edurne Herrán, su Sex-Doll Burqa, metáfora evidente de cómo la sexualidad se convierte de nuevo en la prisión de muchas mujeres, y no por designio propio, sino por imperativos externos.
Y no podemos hablar de sexo y no hacerlo de muerte y enfermedad, de angustia y de dolor. Me viene a la cabeza la serie Del susurro al grito, de Germán Gómez (Gijón, 1972), conjunto en el que el artista recreaba desde el retrato la reacción de personas cercanas que descubrían que eran portadores del virus del sida. Este artista participa en la exposición con un nuevo retrato masculino –el titulado Bert (2016)–que yace en una cama (una más en este recorrido), tratado con la técnica de descomposición de la imagen que lleva aplicando en los últimos meses a sus estudios arquitectónicos, en los que los individuos desaparecen y quedan representados en esos edificios que se establecen como sus prisiones en las grandes ciudades. Muy cerca de él, Ismael DeLarge (1981), ofrece de forma amplia una selección de su serie fotográfica Devotee. Con este término se conoce a las personas que disfrutan y sienten placer relacionándose sexualmente con individuos con discapacidades físicas. Algunos incluso llegan a ser lo que se conoce como ‘wannabes’, en los que la fuente de placer se encuentra en el deseo de llegar a ser discapacitado, al punto de simularlo o autolesionarse. El proyecto Devotee de DeLarge tiene como protagonista a F., un joven homosexual checo que, siendo adolescente, perdió en un accidente de tren una de sus piernas. Desde ese momento descubriría que el hecho de estar lisiado lo había convertido en un tremendo imán sexual, aunque no tardó en comprobar también cómo esto se trasformaría en un arma de doble filo en sus relaciones amorosas, debido a la incertidumbre sobre si realmente era amado por cómo era o por lo que le faltaba. De esta manera, el fotógrafo nos invita a reflexionar sobre el alcance de nuestros deseos y el peligro de cumplirlos.
Un último pasillo y nos reencontramos con una segunda serie de Fernando Bayona, Paragraph 175, en alusión al artículo del código penal alemán que penaba las relaciones homosexuales y que no fue derogado hasta 1994. Sus imágenes más recientes amplían este ambicioso proyecto documental multidisciplinar desde el que el andaluz penetra en el programa médico emprendido por el régimen nazi durante la II Guerra mundial destinado a encontrar una vacuna contra la homosexualidad, compilando en imágenes las instalaciones exactas en la que se llevaron a cabo los experimientos clínicos que supusieron la muerte de cientos de personas debido a su condición sexual.
Asimismo, la décima estancia de esta galería se transforma precisamente en eso: Una Sala X. En ella se mostrarán en loop, como en la sección golfa de un cine antiguo, proyectos videográficos de algunos de los artistas convocados, junto a otros muchos, generando un completo programa de producciones audiovisuales que abordan la cuestión del sexo. Allí concurren Juan Carlos Martínez (que en Training Session y Mise en Scene demuestra cómo es la mirada la que “sexualiza” aquello que en principio no tendría un contenido erótico per se); Carlos Aires (que mezcla las imágenes de una casa del terror y un cuarto oscuro en Mister Hide I), Raisa Maudit (que propone el baile más sexual de moda como base de una nueva revolución social. Eso es Twerking para la revolución. A las barricadas, papi); Fito Conesa (que en The Bigger the Better, homenajea al cine porno y sus rituales de apareamiento desde la escenificación y homenaje a uno de sus momentos cumbres. Una época que se diluye ante nuestros ojos); Félix Fernández (cuyo Room4 analiza las relaciones humanes en tiempos virtuales); Juanma Carrillo (que llena de sentimiento las relaciones sexuales esporádicas con desconocidos en Caníbales); Mar Sáez (que completa con un audiovisual la serie fotográfica Vera y Victoria); Andrés Senra (Su Minijob-La Cama es un ejemplo sintómático de la precariedad del individuo en la sociedad actual. El poder, siempre el poder); Sergio Ojeda (En un momento de su Sangre, sudor y lágrimas, se nos advierte que, pese a la crudeza de sus imágenes, la verdadera pornografía está allí fuera) y Edurne Herrán y Santi Ruiz, que en How to Look Like a Sex Doll. Make Up Tutorial y A Man’s Routine, respectivamente, nos enseñan a convertirnos en la mujer y el hombre perfectos… Para ser sexualmente aceptados.

Por Javier Díaz-Guardiola*


* Javier Díaz-Guardiola es periodista, licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, crítico y comisario de exposiciones. En la actualidad es coordinador de la sección de arte, arquitectura y diseño de “ABC Cultural”, la revista cultural del diario “ABC”, y responsable del blog de arte “Siete de un Golpe”.

 
 


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