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CARLA CHAIM. Ella

21/02/2020 - 29/05/2020
En su remarcable Body Art and Performance. The Body as Language (1974), Lea Vergine comienza diciendo que uno de los principios del arte corporal es una necesidad llamada “amor primario”. Escribió que “una descubre la insatisfecha necesidad de amor que se extiende sin límite en el tiempo –la necesidad de ser amada por lo que una es y quiere ser– la necesidad de una clase de amor que confiere derechos ilimitados”. Desde la perspectiva de décadas de prácticas performativas sobre del cuerpo, esta tesis tiene un principal destinatario: los cuerpos de artista. Después del Arte Conceptual y el Body art de los años sesenta y setenta, su actualidad nos recuerda que arte es, por definición, aquello que hacen los artistas. El cuerpo es también el elemento central de Carla Chaim en esta exposición, Ella, cuyo título es una toda una declamación. En su aspecto exterior su obra es básicamente formal, austera, minimalista y monocroma. Se despliega en ella una reafirmación de la presencia, una materialidad, un aquí y ahora del cuerpo, su yo artista. Esta relación del cuerpo con el arte reductivo recuerda aquella otra apreciación de Robert Morris sobre su propio trabajo: “I think the fact that my work was about the body, that there was nothing there, took a while to sink in”. [“Creo que el hecho de que mi trabajo era sobre el cuerpo, que no había nada allí, tardó bastante en hacer efecto”]. No resulta difícil comprobar esta influencia histórica, estas conexiones, en la obra de Chaim; recurre al grafito y al óleo, aplicándolos directamente de un modo físico sobre el soporte (Serra); el cuerpo despojado como unidad y medida (Nauman, Rainer); la geometría en el proceso de dibujo (LeWitt); la afirmación feminista de la coreografía del propio cuerpo (Almeida), etc. Más allá de estos puntos de anclaje, en Chaim el cuerpo es medición y proporción del espacio circundante, el espacio de la galería o el “cubo blanco” que ella delimita, señala, a través del movimiento sincopado de la nueva danza y la coreografía. Los cuerpos, vistiendo un sobrio color negro, miden el lugar y su presencia en el interior. Contemplar un espacio en blanco o en negro significa observarlo en su dialéctica oposicional; positivo y/0 negativo, lleno y/o vacío, ocupado y/o desocupado. Esta extensión corporal se configura en su obra más plástica, entre la pintura, el dibujo, la escultura y la instalación. El cuerpo se presenta como un ente orgánico y su organicidad proviene del movimiento. El contrapunto a esta organicidad es la geometría, que a menudo es un ponerse en orden, exigiéndose un número de reglas y parámetros formales. La disciplina del trabajo manual para terminar borrando fronteras entre límites, y disciplinas. En los dibujos “plegados” (o foldings) al doblar el papel se lo trata como un tridimensional, una superficie dinámica y versátil. La dureza del proceso y las reglas que se crean a priori se contagian con una dimensión más material y táctil a partir de técnicas simples de plegado, tintado, manchado, transparencias y frottages. La línea es mancha, materia. Hay una cualidad escultórica del dibujo en blanco, negro y rojo. En lugar de la pesadez, opta por la ligereza del papel y lo liviano. El hacer privilegia la experiencia, el acto de usar las manos a la hora de transformar la materia; aplicando óleo directa y gestualmente o como en los dibujos de carbono rojo, hechos con el rascado de las uñas. La experiencia de la obra es en primer lugar proceso. Hay también cambios de escala y de material, desde el límite controlable del papel plegado, de dimensiones editoriales, al espacio ampliado y abierto de la arquitectura expositiva. De lo bidimensional a lo tridimensional y desde ahí vuelta al plano. Resulta inevitable al contemplar estas obras no pensar en la tradición brasileña del arte neoconcreto (por ejemplo Lygia Pape), donde el carácter esencialmente gráfico se abre camino entre varios medios de expresión artística, incluida la performance. En vez de un contenido político per se, Carla Chaim expresa con su reivindicación del cuerpo un enunciado político per se pues ¿acaso no son los cuerpos los primeros en sufrir los efectos de las políticas gubernamentales nefastas como las que, sin ir más lejos, viven en Brasil? ¿No es política la diferencia radical que arraiga a la artista a un momento presente sin concesiones? Con el narrativo título de Él quería ser bandera (2017), esta pieza es un alegato, un deseo de decir y de alzar la mano, pedir la voz para protestar. Tal vez la obra manifiesta una expresión insatisfecha, de bandera a media asta en señal de duelo pero también de lucha. Hay más banderas en esta exposición, extendidas, colgadas o cayendo sobre su propio peso. También la bandera Ella, una referencia directa a aquella otra bandera, “Viva Maria” (1966) de Waldemar Cordeiro. Banderas con significado, siempre en blanco, negro y rojo. Peio Aguirre
En su remarcable Body Art and Performance. The Body as Language (1974), Lea Vergine comienza diciendo que uno de los principios del arte corporal es una necesidad llamada “amor primario”. Escribió que “una descubre la insatisfecha necesidad de amor que se extiende sin límite en el tiempo –la necesidad de ser amada por lo que una es y quiere ser– la necesidad de una clase de amor que confiere derechos ilimitados”. Desde la perspectiva de décadas de prácticas performativas sobre del cuerpo, esta tesis tiene un principal destinatario: los cuerpos de artista. Después del Arte Conceptual y el Body art de los años sesenta y setenta, su actualidad nos recuerda que arte es, por definición, aquello que hacen los artistas.

El cuerpo es también el elemento central de Carla Chaim en esta exposición, Ella, cuyo título es una toda una declamación. En su aspecto exterior su obra es básicamente formal, austera, minimalista y monocroma. Se despliega en ella una reafirmación de la presencia, una materialidad, un aquí y ahora del cuerpo, su yo artista. Esta relación del cuerpo con el arte reductivo recuerda aquella otra apreciación de Robert Morris sobre su propio trabajo: “I think the fact that my work was about the body, that there was nothing there, took a while to sink in”. [“Creo que el hecho de que mi trabajo era sobre el cuerpo, que no había nada allí, tardó bastante en hacer efecto”]. No resulta difícil comprobar esta influencia histórica, estas conexiones, en la obra de Chaim; recurre al grafito y al óleo, aplicándolos directamente de un modo físico sobre el soporte (Serra); el cuerpo despojado como unidad y medida (Nauman, Rainer); la geometría en el proceso de dibujo (LeWitt); la afirmación feminista de la coreografía del propio cuerpo (Almeida), etc.

Más allá de estos puntos de anclaje, en Chaim el cuerpo es medición y proporción del espacio circundante, el espacio de la galería o el “cubo blanco” que ella delimita, señala, a través del movimiento sincopado de la nueva danza y la coreografía. Los cuerpos, vistiendo un sobrio color negro, miden el lugar y su presencia en el interior. Contemplar un espacio en blanco o en negro significa observarlo en su dialéctica oposicional; positivo y/0 negativo, lleno y/o vacío, ocupado y/o desocupado. Esta extensión corporal se configura en su obra más plástica, entre la pintura, el dibujo, la escultura y la instalación. El cuerpo se presenta como un ente orgánico y su organicidad proviene del movimiento. El contrapunto a esta organicidad es la geometría, que a menudo es un ponerse en orden, exigiéndose un número de reglas y parámetros formales. La disciplina del trabajo manual para terminar borrando fronteras entre límites, y disciplinas. En los dibujos “plegados” (o foldings) al doblar el papel se lo trata como un tridimensional, una superficie dinámica y versátil. La dureza del proceso y las reglas que se crean a priori se contagian con una dimensión más material y táctil a partir de técnicas simples de plegado, tintado, manchado, transparencias y frottages. La línea es mancha, materia. Hay una cualidad escultórica del dibujo en blanco, negro y rojo. En lugar de la pesadez, opta por la ligereza del papel y lo liviano. El hacer privilegia la experiencia, el acto de usar las manos a la hora de transformar la materia; aplicando óleo directa y gestualmente o como en los dibujos de carbono rojo, hechos con el rascado de las uñas.

La experiencia de la obra es en primer lugar proceso. Hay también cambios de escala y de material, desde el límite controlable del papel plegado, de dimensiones editoriales, al espacio ampliado y abierto de la arquitectura expositiva. De lo bidimensional a lo tridimensional y desde ahí vuelta al plano. Resulta inevitable al contemplar estas obras no pensar en la tradición brasileña del arte neoconcreto (por ejemplo Lygia Pape), donde el carácter esencialmente gráfico se abre camino entre varios medios de expresión artística, incluida la performance.

En vez de un contenido político per se, Carla Chaim expresa con su reivindicación del cuerpo un enunciado político per se pues ¿acaso no son los cuerpos los primeros en sufrir los efectos de las políticas gubernamentales nefastas como las que, sin ir más lejos, viven en Brasil? ¿No es política la diferencia radical que arraiga a la artista a un momento presente sin concesiones? Con el narrativo título de Él quería ser bandera (2017), esta pieza es un alegato, un deseo de decir y de alzar la mano, pedir la voz para protestar. Tal vez la obra manifiesta una expresión insatisfecha, de bandera a media asta en señal de duelo pero también de lucha. Hay más banderas en esta exposición, extendidas, colgadas o cayendo sobre su propio peso.
También la bandera Ella, una referencia directa a aquella otra bandera, “Viva Maria” (1966) de Waldemar Cordeiro. Banderas con significado, siempre en blanco, negro y rojo.


Peio Aguirre
CARLA CHAIM. Ella
CARLA CHAIM. Ella