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GERMÁN GÓMEZ. Yo, tú, él, ella, nosotros, nosotras, vosotros, vosotras, ellos y ellas. PHE 2019

13/06/2019 - 13/07/2019
LA BELLEZA Rosa Olivares El retrato es la piedra angular de la fotografía. De alguna forma en la fotografía todo gira en torno de la figura, de los rostros, de las personas. Fotografiamos a nuestras familias, a las personas que queremos, incluso a las que no queremos. Llegamos a fotografiar a gente que ni siquiera conocemos. Y por supuesto nuestro entorno, nuestras cosas, lo que vemos. Solo lo que vemos. A veces olvidamos que la fotografía es el único lenguaje artístico que se construye desde la mirada del artista, de quien la hace, y de que así está conectada estrictamente con su capacidad de distinguir, con nuestra capacidad de ser y de relacionarnos con nuestro entorno y con nuestros semejantes. Tal vez por eso el retrato es tan importante, porque con el retrato estamos hablando de cómo nos ven, de cómo nos perciben los demás. Nunca nos vemos suficientemente parecidos a nosotros, parecemos otros, la percepción del otro es la que, en un retrato, construye nuestra realidad. En la pintura era evidente que la maestría mayor o menor del artista, la imaginación e incluso un cierto deseo de perfección altera el retrato, que ya desde el encargo se espera que sea un retrato en el que la persona salga favorecida, adornada por todas (algunas, al menos) las virtudes, en un gesto perfecto y personal. Pero en la fotografía hay una máquina, un espejo tecnológico que solo muestra lo que hay, aquí si no hay maquillaje previo solo puede salvarnos el Photoshop, y solo trabaja con las superficies, no con el alma ni con los sentimientos. Germán Gómez desarrolla la mayor parte de su obra en torno al retrato, a la identidad. Construye y reconstruye, forma, deforma y conforma personajes existentes e inventados, híbridos, mezclas, que como en cópulas imposibles generan nuevos seres desconocidos pero reconocibles. Pero tal vez sus primeras obras, su primer acercamiento al retrato, fue el más puro y el más personal. También el más limpio. En estas imágenes realizadas a lo largo de nueve años, entre 1992 y 2001, Germán Gomez recupera la belleza. Para ello se adentra en una identidad sin pasado y sin futuro, en la idea perfecta de la sencillez. Se dedica a retratar a los niños que estaban en sus clases como profesor de educación especial. Niños con graves problemas, pero sobre todo personas inocentes sin la percepción de su propio yo. Estos niños no son conscientes de su propia imagen, por eso se presentan con total normalidad. Ellos son así, tienen una naturalidad absoluta e incontestable. Son lo que vemos, no hay pose ni posado. No pretenden demostrar nada, son simplemente, ni ocultan ni muestran nada. No ven, no entienden lo que significa ser retratados y mucho menos ser el objeto de una fotografía de artista. No saben la trascendencia de esa imagen, no saben lo que hay detrás, lo que puede salir de todo ese proceso. El propio artista comentaría en su momento preguntado por estos retratos y sus modelos: “La máquina no les daba miedo, no, porque para ellos no significaba nada; (…) ellos tampoco tienen ningún interés en salir bien, ni tienen una imagen preconcebida de ellos mismos, ni siquiera un concepto de lo que es bello en un sentido canónico o modélico, como lo tenemos nosotros. No se hacen ni una idea de qué hay en cada imagen.” Es casi imposible poder decir algo parecido de nadie más en este tiempo. Hoy todos estamos extremadamente pendientes de nuestra propia imagen; cómo vestirnos, peinarnos, cómo gesticular, andar… somos unas víctimas de nuestra propia imagen y construimos unos personajes que llegan a ocupar nuestras 24 horas diarias. Y los niños y jóvenes no son ajenos a esta enfermedad global, ellos son las víctimas propiciatorias de las fórmulas, los tics y la apariencia exagerada. Pero estos niños que Germán Gómez retrató hace ya tal vez demasiados años formaron una isla ajena a todo esto, un lugar aislado a la fuerza de la imagen, ajeno al poder de la apariencia. Ellos nos muestran la belleza sencilla y perfecta. Esa que no se pretende ver reflejada en la lente del fotógrafo; la que no pide una copia para ellos de la foto, los pocos seres vivos que no llevan el teléfono para hacerse selfies. Son una especie ajena al tiempo, unos seres que tal vez estén más cerca de los ángeles que de los humanos. La fórmula que Gómez emplea parece a primera vista sencilla: los niños miran al fotógrafo mientras interactúan entre ellos. Pero lo que nosotros vemos va más allá de esa relación de testigo, va más allá de las explicaciones que nos puede dar el fotógrafo (les colocaba a una altura adecuada, a veces les intercambiaba la ropa…. Hablaba con ellos, intentando que le reconocieran…); lo que nosotros vemos es la sencillez y limpieza de sus miradas, las sonrisas limpias, las miradas cómplices, el cariño entre ellos, vemos a nuestros cachorros jugando. Sabemos que detrás hay relaciones profundas entre los niños, “noviazgos” de juguete, mundos imposibles y efímeros. Como nosotros ya hace mucho que dejamos de ser inocentes vemos las escenas con el dolor de la pérdida, con la tristeza de asomarnos a mundos perdidos de antemano. Pero si no supiéramos nada, si solo tuviéramos la vista, si no supiéramos lo que significa una imagen, veríamos solamente belleza. Veríamos los retratos de unos niños felices y relajados, ajenos al ruido de la vida. Las escenas son planos medios, en color y blanco y negro, los niños no hacen mucho caso a la cámara, a la que miran sin miedo y sin suspicacias. Vemos algo que se cuela por la superficie de la imagen y es la naturalidad de la relación entre ellos y de ellos con el fotógrafo, de ellos consigo mismos pues ellos son su único mundo. No están asustados ni tan siquiera curiosos. Son, definitivamente seres de otro tiempo y de otro lugar. Estas imágenes se han visto en diferentes lugares, en España y fuera de España; siempre la percepción de ellas ha sido a través de la belleza de los niños y de la composición, pues en estas compo